Internacionalistas hasta la muerte

7 Aza

Jesus Valencia ha preparado este trabajo, basado en su libro ‘La ternura de los pueblos, Euskal Herria Internacionalista’, en el que nos presenta a esas personas que siendo vascas dieron su vida acompañando la lucha de otros pueblos, o, siendo de otros pueblos, dieron su vida acompañando la lucha de Euskal Herria:

El  internacionalismo supone colocarse del lado de los oprimidos y colaborar en la defensa de sus derechos frente  a  las estructuras de poder que se los niegan.  Éstas combaten con la misma saña tanto a los explotados que se revelan como a las gentes solidarias que les apoyan.   Askapena, en su veinticinco aniversario, quiere homenajear a quienes, sin ser vascos, nos defendieron hasta la muerte y a quienes, sin olvidarse de su Euskal Herría natal, encontraron la muerte apoyando  a otros pueblos. De todos ellos se pudiera decir: “Se acercaron conscientemente a un conflicto que trataron de resolver y que acabó con ellos. Cada uno intentó a su manera proteger la causa de los humildes con los que se había alistado. La brutal violencia del poder los envolvió en su torbellino y se los llevó” (Jesús Valencia, Pág.198 del libro “La ternura de los pueblos. Euskal Herria Internacionalista”  Edt. Txalaparta).

A quienes  murieron defendiendo los derechos del pueblo vasco

Euskal Herria nunca olvidará a las cinco personas que encontraron la muerte  defendiendo  nuestra causa. Personas, tiempos y escenarios muy diferentes que guardan entre sí un elemento común: la solidaridad que demostraron  para con nuestro pueblo.

A finales de 1970, Europa era un hervidero de manifestaciones y protestas contra el régimen franquista. Se estaba celebrando el conocido como Proceso de Burgos y se temía que la dictadura ejecutase a varios activistas vascos. Milán no era una excepción. Entre los manifestantes que protestaban aquella tarde de invierno contra la ejecución de los vascos se encontraba Saverio Saltarelli. Había nacido el año 1947 en Pescasseroli y estudiaba tercer curso de Derecho en la Universidad de Milán. A las cinco de la tarde se incorporó a la manifestación convocada en defensa de los encausados en Burgos. Algo  más tarde caía muerto cuando los carabineros le dispararon a bocajarro un bote de humo que le impactó en el pecho. Eran las seis y media de la tarde del 12 de diciembre de 1970.

En noviembre de 1972, 70 refugiados vascos mantenían una dura huelga de hambre para denunciar su previsible entrega al Estado español. Alguien, mediante cartas anónimas,  estaba anunciando en Iparralde que se quemaría vivo si el Gobierno Francés expulsaba a los refugiados vascos. La espeluznante amenaza se cumplió el 14 de octubre de 1972. Quien se había inmolado por Euskal Herria era el joven vietnamita N´Guyen Van Dong  que residía en Biarritz.  En 1975 fue el ciudadano francés Jacques Andreu quien realizó un gesto similar. Se prendió fuego ante el Consulado español en Pau. Fue trasladado aún con vida a un hospital cercano pero murió como consecuencia de las quemaduras.

Pasaron los años pero la solidaridad con Euskal Herria conoció nuevos episodios.  En agosto de 1994 el Gobierno de Uruguay se disponía a repatriar a varios refugiados vascos al Estado español. Estos se declararon en huelga de hambre y su precaria situación aconsejo atenderlos en el centro hospitalario El Filtro. Miles de personas de Uruguay se solidarizaron con los vascos. Los acuerdos gubernamentales prevalecieron sobre el sentimiento popular y el operativo de expulsión se puso en marcha.

Cuando la ciudadanía se enteró cercó por miles el hospital tratando de impedir el paso de las ambulancias que trasladaban  a los refugiados hasta el aeropuerto. Las protestas fueron enérgicas y la represión policial contundente. Como consecuencia de la violencia policial perdieron la vida dos personas: Fernando Morroni y Roberto Facal. Era el 24 de agosto de 1994.

Para todos ellos, un recuerdo agradecido y entrañable

A las vascas y vascos que murieron  defendiendo los derechos de otros pueblos

Pakito Arriaran

Nació en Arrasate el 22 de abril de 1955. El entorno familiar y socio político en el que se mueve contribuyen a desarrollar su conciencia identitaria y combativa. Se siente parte de un pueblo al que le son negados sus derechos y  se estructura en  ETA,  que se ha rebelado contra semejante sometimiento. Sus itinerarios académico y militante no se compaginan demasiado bien. Con veinte años recién cumplidos sufre la primera detención y el posterior encarcelamiento. En 1978, y cuando sabe que la policía franquista intenta detenerle de nuevo, pasa a la clandestinidad.

Tras permanecer como refugiado en Iparralde durante un tiempo breve, viaja a Venezuela en 1979. Allá se encuentra con la América que, por aquellos años  ardía en revoluciones, y con Laura (la joven vasca que sería hasta su muerte la compañera sentimental de Pakito).   La pareja decide trasladarse a El Salvador e incorporarse al  FMLN. Pakito fue el primero en llegar.  Durante  el asalto al  cuartel de La Laguna su conocimiento en el manejo de explosivos fue determinante para la toma del edificio pero de graves consecuencias para él: el balazo  que recibió en una pierna obligó a la amputación de ésta. Cuando Laura conoció la noticia en Managua aceleró su viaje al país vecino.  Ella fue destinada a la estructura sanitaria. Él rechazó abandonar la pelea y solicitó algún puesto compatible con su condición de mutilado. Le fue asignada la importantísima tarea de elaborar, controlar y distribuir los pertrechos militares; era consciente de que maneja una información privilegiada y de que, por nada del mundo, podía caer en manos del enemigo

El ejército, en una de sus incursiones por Chalatenango,  lo descubrió. Pakito exigió a quienes debían protegerlo que se alejaran y lo dejaran solo. Cuando los militares le urgían para que se rindiera, la granada que siempre llevaba consigo acabó con su vida y con sus secretos. Aquel 30 de septiembre de 1984  prestaba  su último servicio a la guerra popular salvadoreña.

Ambrosio Mogorrón

Nació en la provincia de Cuenca el 1953. Cuando  su familia emigró a  Bizkaia cambió la labranza por la minería y se incorporó al pueblo vasco con la credencial de trabajador. Durante sus años de  minero se diplomó en la rama sanitaria y en conciencia internacionalista.

En 1979 los sandinistas tomaron el poder y la pujante izquierda vasca se puso de su lado. Ambrosio, inmerso en aquella efervescencia internacionalista, ofreció su colaboración a la revolución sandinista. Llegó a Managua en 1980 con 27 años cumplidos y un diploma de enfermería recién estrenado. Se ofreció como alfabetizador pero fue adscrito a una brigada de salud que apoyaría a los alfabetizadores en la zona también minera de Zelaya Norte.

Concluida  la brigada, decidió quedarse a residir  en San José de Bocay. Prestaba atención sanitaria a los campesinos de la zona que pronto  le concedieron el título de “doctor”.  La necesidad y el empeño por responder a todas las demandas excedían las competencias de un  ATS. Consiguió libros de medicina  para “especializarse” en las diversas ramas de su nueva profesión. Era el primer “doctor” que vivía con los lugareños y, para ellos, el mejor. Fue en la rama de la epidemiología donde  tuvo su actuación más brillante. Se especializó en el estudio de la leishmaniasis, enfermedad trasmitida por el picazo de un mosquito y conocida como “lepra de montaña”. Sus investigaciones sobre el tema le hicieron acreedor a una condecoración que le concedió el Gobierno nicaragüense.

Ante los continuos ataques de la contra, el Gobierno nicaragüense recomendó a los internacionalistas que abandonasen la zona. Los riesgos que corría Ambrosio eran evidentes ya que  la emisora antisandinista Radio 15 de Septiembre lo había amenazado de muerte. Al sanitario  decidió permanecer en la zona y  las amenazas  se cumplieron. Cuando viajaba  para atender a una campesina enferma, manos mercenarias activaron   una bomba colocada junto al camino y lo mataron.  Era el 24 de mayo de 1986.

Alejandro Labaka

Nació en Beizama  -abril de 1920-  en un entorno completamente euskaldun. Abandonó el domicilio familiar  para incorporarse a la orden capuchina. Tras culminar los estudios – que habían sido interrumpidos por la sublevación fascista- emprendió un largo periplo por diferentes países del mundo. En 1954 llegó al Ecuador y once años más tarde -1965- fue nombrado prefecto apostólico de El Aguarico, extensa región amazónica que sirve de frontera entre Ecuador y Perú

En aquella inmensidad selvática, y agrupado en núcleos pequeños, vive el pueblo huaorani. Alejandro, perteneciente al pueblo originario más antiguo de Europa, captó fácilmente la esencia de aquellas poblaciones diseminadas.  Los pequeños núcleos, aparentemente inconexos, formaban una unidad étnica y cultural. Constituían un sujeto único y plural, depositario de su propia identidad y dueño soberano de sus recursos naturales

Aquellas reflexiones, aparentemente teóricas, tenían un fuerte impacto ya que los huaorani vivían, sin saberlo, sobre un mar de  petróleo. El Gobierno ecuatoriano había concedido la explotación del crudo a  varias compañías petroleras y estas no iban a frenar la depredación  por el hecho de que existieran pequeños núcleos de pobladores originarios. Para Alejandro, el pueblo amazónico merecía el mismo respeto que el vasco. Aprendió trabajosamente su idioma y se acercó a ellos; no pretendía  cristianizarlos sino protegerlos. Contactó con algunas de aquellas colectividades  que lo adoptaron como un miembro más. Despojado, como ellos, de cualquier otro atuendo,   colaboraba acarreando agua. En los anocheceres largos, cuando el grupo se refugiada  en la choza colectiva, jugaban a reproducir sonidos.  Alejandro los fascinaba  entonando el hurtxo polita.

Cuando se acercó a los tagaeri, grupo especialmente molesto con las petroleras,  estos lo confundieron con un técnico de las compañías. Sin pensárselo mucho, y de varias lanzadas, lo mataron. Era el 21 de julio de 1987. Voces maliciosas dijeron que en  su proceder apuntaba el vasco. Con aquellos comentarios, y sin pretenderlo, le honraban a él y también a Euskal Herria

Ignacio Ellakuria y Juan Ramon Moreno

El primero había nacido  en Portugalete (noviembre de 1930) y el segundo en Villatuerta  (agosto de 1933). Ambos eran jesuitas y, por diferentes caminos, llegaron a la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA).

Dos fuerzas armadas se enfrentaban desde  enero de 1981. Por un lado, los insurgentes del FMLN; por otro lado, el ejército salvadoreño sostenido por  USA. El equipo de la UCA mantenía una actitud crítica respecto a las dos fuerzas contendientes pero era especialmente incisivo respecto a la política belicista oficial. El divorcio entre la UCA y el Gobierno se ahondó. Para la oligarquía salvadoreña, el país sufría el ataque del comunismo mundial y había que frenarlo a cualquier precio.  Para la UCA, el conflicto era consecuencia  de la miseria y explotación que sufría el pueblo; la mejor forma de desactivar el conflicto sería  redistribuir la tierra acaparada por catorce familias e instaurar un sociedad justa. También respecto a la salida del conflicto, la discrepancia entre el Gobierno y la Universidad era sustancial. El primero apostaba por la derrota del FMLN; la UCA proponía la vía de la negociación.

Las amenazas contra Ellakuria eran frecuentes: “Es un guerrillero, que le corten la cabeza como a los demás”. Noviembre de 1989 fue muy convulso ya que la guerrilla lanzó una nueva ofensiva el día 11. Dos días más tarde regresaba Ellakuria al país ya que había viajado a Barcelona para recibir el premio Alfonso Comín. Nada más conocerse su llegada comenzaron extraños movimientos militares en torno a  la UCA. El batallón contrainsurgente Atlacatl la asaltó matando a seis jesuitas, a la cocinera de la residencia y a su hija. Era la madrugada del 16 de noviembre de 1989.

Begoña García

Esta joven de Gares nació en 1966. Estudió medicina en la Universidad de Navarra y comenzó a trabajar como interina en Iruñea. Su futuro profesional era prometedor cuando la revolución nicaragüense llamó a su puerta. Aterrizó en Managua en octubre de 1988; regresaría a los  seis meses, previsión que nunca se cumplió.

En aquella Nicaragua liberada y acosada siento el primer encuentro estremecedor con la pobreza. Jornadas interminables y  agotadoras para atender a las muchas personas que reclamaban sus servicios  y que presentaban cuadros agudos de desnutrición. Entre sus pacientes había combatientes  del FMLN que habían sido heridos y que convalecían en Managua. Ellos le informaron de la guerra vecina y de la necesidad  de personal sanitario. Begoña entendió el mensaje y, tras días de intensa reflexión, aceptó la propuesta. Se incorporó como médico a una de las zonas de combate donde fue rebautizada como Alba.

Permaneció durante un año en aquella zona  y estaba previsto su traslado a un servicio médico menos arriesgado atendiendo  a la población civil del cantón Santa Ana. No fue posible. Cuando realizaba su último servicio en la zona acompañando a una patrulla del ERP, la columna fue descubierta y  abaleada por un destacamento de soldados agazapados. Alba, tras quedar herida,  fue trasladada a la guarnición militar y asesinada a bocajarro. Era el 10 de septiembre de 1990.

Marta González

Nació en Bilbao en 1961 y, a la edad de 16 años se trasladó con su familia a Madrid. Curso en Madrid la carrera de medicina y se dejó seducir por la voz del internacionalismo que le llamaba desde Nicaragua.   Viajó en 1986  y quedó impactada por las condiciones de pobreza que soportaba la gente a la que atendía. Trabajo abrumador al servicio de unos pacientes que la agotaban y que la hacían feliz. Regresó dos años más tarde al entorno familiar pero su regreso fue breve y parcial. Tenía casi decidido regresar a El Salvador y poner sus competencias al servicio de la causa popular.

En febrero de 1990 tuvo lugar su segundo y definitivo viaje. Marta había llorado  el asesinato de Begoña con la que le unía una entrañable amistad pero no se   quedó  en lamentos. En noviembre de aquel mismo año se comprometió a cubrir el vacío que había dejado Begoña cuyo nombre asumió. Se despidió de sus amistades salvadoreñas pretextando que viajaba a España; regaló el pasaje con el que pensaba regresar  y se encaminó hacia el frente.  Su trabajo en aquella zona liberada fue intenso y breve. En la Nochebuena se reunieron campesinos  y combatientes para departir cortas viandas y larga  risas. Reparó Marta que un internacionalista chileno quedaba al margen de la fiesta ya que le tocó hacer guardia en aquella noche que se suponía de tregua. No fue tal. Cuando ella se acercó al vigilante para ofrecerle algún detalle, se escucharon unos disparos que acabaron con la vida de los dos jóvenes. Era el 24 de diciembre de 1990.

Iñigo Egiluz

Nació en Bilbao en 1975. Tras conocer Chiapas, Guatemala y Cuba, recaló  en Colombia. Encuadrado en una Misión de Observadores Internacionales llegó al Chocó. Departamento occidental que linda con Panamá y que, con una espesa red de ríos, constituye  una de las mayores reservas acuíferas de la humanidad. Tierra  muy apetecida por el capital agroproductor que trata a los habitantes originarios como un impedimento para su proyecto expansivo;  recurre el crimen de los grupos paramilitares para despejar la zona. Acercare al Chocó como observador es gozar de la estima de las poblaciones amenazadas y provocar el odio de los extorsionadores observados.

Un grupo  de observadores, del que formaba parte Iñigo, había realizado su misión de campo y regresaba a la base de Quibdó, capital del Departamento. Era de noche y el maquinista de la motora iniciaba la maniobra de aproximación al embarcadero. De improviso, y con todas las luces apagadas, apareció otra potente embarcación que embistió de costado  la lancha de los observadores. Varias de las personas que iban en ella pudieron ser auxiliadas. Los cadáveres de Iñigo y de un sacerdote colombiano fueron rescatados de entre las aguas unos días más tarde. La lancha que los había embestido era una motora que los paramilitares habían robado y que la utilizaban con total impunidad para trasladar pertrechos y armas. Era el 18 de noviembre de 1999.

Para todos ellos, la promesa de siempre  los tendremos presentes.

Askapena

Organización Internacionalista, en el 25 aniversario de su nacimiento

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